De porqué la Scaloneta nos entusiasma

Foto: AFA

06 de julio de 2021. Esa noche podríamos marcarla como la fecha fundacional de un vínculo inseparable entre la selección argentina y el país futbolero que tan crítico y esquivo le había sido en los últimos años. Fue el momento en que la “Scaloneta” (una simpática forma popular de llamar al ciclo de Lionel Scaloni) se convirtió en bandera y selló una herida abierta. O al menos, una parte. La otra cicatrizó cuatro días después, en el Maracaná, con la obtención de la Copa América después de 28 años, de visitante y contra Brasil. ¿Qué más se puede pedir?

Es verdad que el segundo “Maracanazo” dio el vuelco de 180 grados y reconcilió al público con el equipo nacional. Pero aquel 6 de julio, en la semifinal contra Colombia, se vivió una victoria llena de tensión resuelta en con una actuación individual de Emiliano “Dibu” Martínez no sólo consagratoria desde lo futbolístico (atajó tres penales en la definición, después de haber igualado 1-1), sino también desde lo actitudinal. La figura del arquero en esa instancia decisiva con solvencia, firme, plantándose ante el rival con una afronta plena de confianza y voracidad, terminaron por darle forma al carácter de una selección que, es cierto, de a poco había ido adoptando esa postura.

Argentina había vuelto no sólo a ser competitiva, sino también a mostrarlo desde la personalidad. Esa misma actitud que convirtió a la dupla central “Cuti” Romero – Otamendi en impasables, que erigió a Rodrigo De Paul en la insignia de la recuperación en la mitad de la cancha con enjundia y ejecutando con creces la presión alta tras la pérdida de la pelota. Y que también ubicó a Lionel Messi en un nuevo rol, no sólo el del jugador distinto (quizá menos veloz pero persistente en su calidad técnica, su fineza en los pases y capacidad goleadora), sino que además se colocó el “cuchillo entre los dientes” de Simeone y empezó a mostrar fiereza para defender la camiseta en los fallos arbitrales adversos, en las jugadas bruscas y en cada pelota dividida (como en el partido contra Uruguay por la fase de grupos).

En consecuencia, podemos decir que la “Scaloneta” logró convencer al público en general (siempre habrá personas detractoras) primero desde lo actitudinal, luego desde el resultado y por último desde el juego.

Porque, recordemos, en líneas generales el rendimiento del cuadro “albiceleste” en esa Copa América distó de ser fluída. El debut había sido un 1-1 con Chile que dejó muchas dudas desde el rendimiento. Después, es cierto, el equipo logró hilvanar varias victorias consecutivas hasta aquella semifinal con Colombia que supuso un hito. Haber sido eliminados hubiese significado una frustración más en el certamen continental. Pero no sólo ocurrió lo contrario, sino que la tanda de penales fue consagratoria.

Y después llegó la final contra Brasil. El triunfo tantas veces esquivo, la revancha de las definiciones perdidas en los últimos años. Con el agregado del gol convertido por Ángel Di María, uno de los jugadores más criticados de esta generación por diferentes situaciones que mezclaron bajos rendimientos, lesiones y la búsqueda de un chivo expiatorio.

El título cambió todo. Porque no debemos olvidar que estamos hablando del seleccionado de un país futbolero que tiene por cultura el exitismo. La frase “ser segundo no importa” se ha convertido en un estandarte que guía la mayor parte de los análisis, ya no únicamente de las y los hinchas en general, sino también del periodismo.

En ese contexto, esta generación era señalada como la del fracaso. Tres duras derrotas en su haber alimentaban ese estigma: la final del mundial 2014 contra Alemania (como si todos los días se pudiera ganar una final del mundo…) y dos definiciones en las copas América 2015 y 2016 contra Chile, ambas por penales.

A eso, se le sumaba la mochila de una muy mala actuación en Rusia 2018, clasificando a octavos de final milagrosamente en el tercer partido y perdiendo allí categóricamente (desde el juego, no desde el resultado) contra Francia (a la postre, campeona).

Foto: Mario Dávila/Agencia Uno

Por esa razón había un descontento. Por los resultados, principalmente, pero quizá también en gran parte porque en la mayoría de esas duras derrotas habían faltado líderes dentro del campo que se rebelaran, que mostraran impotencia, vergüenza deportiva ante la adversidad. El famoso “dejarlo todo”.

No quiere decir que los jugadores no hayan sufrido las derrotas (más que nadie), desde ya. Pero la sensación que quedó de aquellos partidos, sobre todo las finales con Chile, fue la de un equipo impotente, apático futbolísticamente e incapaz de romper la inercia para ir en busca del título.

Todo eso se modificó desde la llegada de Scaloni al mando de la selección. Paradójicamente, él había formado parte del cuerpo técnico de Jorge Sampaoli en el frustrado paso por Rusia y su nombramiento en el combinado nacional, interinamente al principio, generó muchas dudas, puesto que se trata en definitiva de su primera experiencia como director técnico de un equipo.

Sin embargo, evidentemente logró que pocos. La cohesión del grupo, convencer a un grupo de 25 a 30 jugadores de que todos son importantes, encontrar una base de nombres y permitirles disfrutar del juego.

Para más, logró dos nuevos títulos oficiales, algo que desde la gestión Basile en 1993 no se conseguía (hubo dos medallas doradas en los Juegos Olímpicos, pero eran sub 23). Porque a la mencionada Copa América, se le sumó hace unos días la “Finalísima” contra la Italia campeona de Europa.

Justamente este contundente 3-0 contra la “Azurra” terminó por sumarle un ingrediente más a este equipo. Primero fuer el carácter, después los resultados y ahora también el juego.

La versión que se vio en Wembley fue la de un conjunto sólido defensivamente, asfixiante en el medio y versátil arriba, con Messi como conductor, Lautaro Martínez como goleador y asistidor y Di María al compás de la velocidad y la potencia ofensiva.

Entonces la construcción del equipo de manera artesanal, serena, ha podido desarrollarse en el marco de un proceso que pareciera crecer día a día. De hecho, el propio Di María dijo hace algunas horas en ESPN que considera que todavía no es tiempo de ir a Qatar ya que aún restan cosas por mejorar: “No quiero que arranque el Mundial porque disfrutamos cuando estamos todos juntos y todavía tenemos que mejorar. Cada partido demostramos que estamos mejor, contra Italia casi no cometimos errores”.

Pero el entusiasmo está. Se palpa, se escucha en los bares, se lee en las redes y se disfruta en las tribunas en cada partido. En Argentina siempre creemos que nuestra selección es candidata a ganar el Mundial. Por historia, por deseos, por exitismo, por lo que sea, siempre se coloca esa meta.

Quizá no sea necesario definirlo ahora. Sabemos que una copa tiene múltiples variables y que todo puede pasar. Lo que sí es una certeza es la ligazón entre la “Scaloneta” y el público futbolero. Hay una comunión, se respira una aceptación que convirtió las presiones en alientos y aplausos.

Es probable que con eso sólo no se pueda salir campeón. Pero, al menos, es un buen comienzo para intentarlo.

Foto: AFA

Publicado por Marcos Magaz

Licenciado en Comunicación Social(Universidad Nacional de Misiones) especializado en deportes. DT nacional de fútbol (Asociación Técnicos del Fútbol Argentino). Autor del libro "Como en la cancha. La radiofonía y el fútbol en Posadas", compilador del libro "Profesión y pasión. Memorias de un periodista deportivo misionero" de Carlos García Coni, ambos producidos por la Editorial Universitaria de la Universidad Nacional de Misiones. Relator, comentarista y productor de transmisiones deportivas. Analista táctico.

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